De locura en locura y a Burgos porque toca (III y final)

viene de https://masquecurvas.wordpress.com/2013/02/14/de-locura-en-locura-y-a-burgos-porque-toca-ii/

Eran las cuatro y media ya pasadas, tras el bocata, la coca-cola y el cigarrito de rigor, y estábamos aún en Burgos!!! Íbamos con una hora y media de retraso respecto al plan previsto, pero habían ocurrido cosas que nos habían cambiado el plan y en algún modo, incluso la vida. Santi llegó a asustarse de verdad y creo, que llegó a sentirse culpable de que la abuela de Raúl estuviese enferma, por haberse inventado la excusa aquella para que la Guardia civil nos echase una mano. Me dijo que jamás lo volvería a hacer. Entre unas cosas y otras, habíamos llegado tarde, nos habíamos traído el bañador y la toalla para nada, y no te cuento la camiseta de repuesto. Nos habíamos perdido la BBQ, y la habíamos cambiado por un bocata de morcilla y una coca-cola… No estábamos contentos con cómo había salido todo, pero tampoco disgustados. Aún así nos esperaba la vuelta a Madrid, y quizá de lo peor que he vivido en una moto.

A las 16:45, tras pedir a un paisano que nos sacara una foto con la cámara de Santi, fueron 3 al final, una de los dos con las dos motos, una suya con su moto y una mía con la Puch Condor III y la catedral de Burgos a la espalda. Por razones que no vienen al caso, la amistad con Santi terminó de forma abrupta a comienzos de septiembre y no tengo ni una foto, una verdadera lástima. Tampoco sé si la cámara sobrevivió a lo que se nos avecinaba. Emprendimos el camino de vuelta dirección Madrid, y el cielo, no sé cómo decirlo, estaba negro no… los sobacos de un grillo eran del color de la harina comparado con el cielo que nos cubría. Eran las 17:25 y llevábamos ya buen ritmo -bajando íbamos a unos 85km/h- y dejando atrás Aranda de Duero. El frío viento que venía y el olor a humedad delataban que la que se nos venía encima no era precisamente pequeña.

Tras pasar Aranda, paramos en una gasolinera y me puse la 2ª camiseta para evitar el frío debajo del jersey de entretiempo que no nos habíamos quitado, y la toalla de playa a modo de capa atando doble nudo en la nuca y en los riñones para protegernos el pecho. Yo a Santi y viceversa… estábamos helados. En la zona de fuera de la gasolinera fumamos un cigarrillo y volvimos a la autovía, no sin antes rellenar los tanques, por si acaso, ya que tuvimos que rellenar el tanque de gasolina en marcha con una botella, porque se nos pasó llenarlos en Burgos y nos entró la reserva bajando. Así que aprovechamos, lo probamos… funcionó!!! Quedaban aún casi 4 litros de gasolina y unos 200km… llegaríamos justos a Torrejón -en reserva-, o eso creíamos. Atamos bien las mochilas a nuestra espalda y pecho el uno al otro y cogimos la autovía.

Habían pasado nada más de 15 minutos y empezó a llover… pero no gotita a gotita, que coño!! En Burgos cuando llueve las gotas tienen como poco 4cm de diámetro… Maaaaaaaaaaadre mía!!! Parecía que alguien nos estaba regando desde 500m de altura y las gotas caían frías, grandes y hacían daño en los antebrazos. Bajamos un poco la velocidad porque nos estaba entrando agua en el casco y no veíamos. Además la toalla tenía la particularidad de absorber agua como si no existiese un mañana -con los años aprendes que estaba haciendo su trabajo a la perfección- y con ese agua y el viento, el frío empezó a tornarse peligroso, ya que las tiritonas de Santi y mías movían en exceso el manillar de la moto. Bajamos a 50km/h en bajada por miedo y la puta luz delantera de Santi se fundió… y la mía trasera también!! Tuve que ponerme delante de Santi para alumbrar, que no se veía nada, y Santi por detrás cubrirme porque no llevaba luz trasera.

Paramos en una especie área de descanso, debajo de un árbol, y pusimos las bombillas en menos de 3 minutos. Nosotros sabíamos que eso era una tormenta de verano, pero no sabíamos cuánto nos acompañaría!!! Nuestras caras lo decían todo: “Un cigarrito tío, un cigarrito, por Dios, que jodidos ya estamos, pues qué menos que echar humo, no?” Fumamos a toda leche y volvimos a la carretera. Estábamos ya en la provincia de Segovia y llegando a un pueblo llamado Carabias. Ahí empezó lo que puedo describir como los peores kilómetros de mi vida en moto. De Carabias a Santo Tomé, el viento soplaba racheadamente, por nuestra derecha. Íbamos inclinados unos 30º sobre la vertical (poned un transportador de ángulos y veréis lo que es el miedo) y seguíamos rectos. La lluvia nos caía por la derecha y horizontal!!! Llovía de lado!!! Fueron 90 minutos de suplicio, un puto partido de fútbol, pero sin balón. Las sacudidas del viento nos llegaron a llevar a meternos casi en el carril izquierdo, sacándonos desde el arcén. Si incrementábamos la velocidad la moto se volvía loca y corríamos el riesgo de volver a cruzar los carriles con el consiguiente peligro de ser arroyados por los coches que circulaban a unos 100km/h, mientras que nosotros no pasábamos de 50 por miedo.

Cuando llegamos a Santo Tomé, cerca ya del tunel de Somosierra eran las 8 de la noche, y la noche estaba cerrada cerrada, no se veía una mierda. Llovía, a rachas, de repente jarreaba, de repente chispeaba… Paramos en un bar. Yo creo que cuando el tipo del bar nos vió entrar debió pensar: “Y estos dos gilipollas de dónde coño se han escapao”. Preguntamos si podíamos pasar. De verdad que era para vernos… ibamos calados hasta los huesos!!! La toalla empapada y soltando agua como un grifo, las zapatillas sonaban “greec greec” a cada paso, teníamos el casco empapado por dentro y el pelo mojado. El hombre nos dijo: “Pasad pero sentaos en la mesa esa de la derecha y si queréis escurrir el agua, en el baño y sin manchar, vale?” Pasamos al baño mientras le pedimos un “café muy muy muy caliente por favor y un pincho de tortilla de esa que tiene ahí” cada uno. Creo que estuve cerca de 10 minutos en lo que me que desnudé por completo y escurrí hasta los calzones.

Jamás me ha sabido un café caliente tan rico como ese día. Y no os cuento el pincho de tortilla. Seguíamos tiritando pero menos… tratamos de encender un cigarro, pero estaban todos empapados y para tirar… sacamos un paquete nuevo y nos fumamos un par de cigarros cada uno y otro café caliente. Había que volver a la carretera. Aún nos restaban más de 100km para Torrejón. Pregunté por una gasolinera cerca y nos dijeron que llegando al túnel de Somosierra había una y otra a la salida. Eran ya las 9 de la noche.

No sé de dónde sacamos las fuerzas para volver a la carretera, lo que si sé es que tras los primeros 10m recorridos, ya me quería bajar de la moto del frío que tenía de nuevo. Tuvimos que parar a repostar en medio del túnel… acojonados estábamos, porque los camiones pasaban a 60cm de nuestras motos y nosotros echando los 4 litros que quedaban a cada una de las motos; además ya no teníamos más aceite para mezclar, había que llegar como fuese y todo apuntaba a que no llegaríamos, porque en 3ª la moto consumía mucho más.

“Santi, hay que parar en cuanto veamos una gasolinera grande, que seguro que tienen aceite, aunque sea el mierda del 3CV, por lo menos llegar esta noche a casa tío, que estoy acojonao, muerto de frío y con unas ganas de darme una ducha de agua caliente que no veas”. Santi sólo asintió… ni hablaba del frío. Pensad por un instante lo que es ir a unos 40-60km/h, oscuro todo, lloviendo, sin casi ver la carretera, con unas pantallas de casco arañadas y que se empañaban a la mínima, y con toda la ropa, absolutamente toda, mojada hasta arriba -de nuevo- y con el viento soplando. La sensación de hipotermia era clara. Las tiritonas eran ya casi casi en el caso de Santi, convulsiones. Conseguimos llegar a la gasolinera de Robregordo, era la 1ª y daba igual. Había que parar.

Paramos y conseguimos quitarnos un poco de agua, ante la mirada atónita del gasolinero. Nos dió un par de plásticos que ató con cinta aislante a cada uno, para evitar que  volviéramos a empaparnos a los 100m de salir de la gasolinera. Ahí empezó a mejorar todo. Aprovechábamos los rebufos de los camiones que circulaban a 70 para ir detrás y evitar un poco la lluvia, aunque nos dimos más de un susto porque los camiones frenaban con el hidráulico y no se encendían las luces de freno, lo que nos obligaba a frenar o esquivar el golpe. Al final llegamos a Algete y en menos que cantaba un gallo cada uno, sin despedirnos, tiramos cada uno para su casa.

Aún recuerdo la cara de Ángeles, la 2ª mujer de mi padre, viéndome entrar a las 11 y media de la noche empapado y haciendo ruido con las zapatillas empapadas, y las dos mochilas… aquello era un espectáculo dantesco. Me quité toda la ropa, la metí a la lavadora, y me metí la ducha más larga que recuerdo. Con sólo agua caliente… no había agua fría para templar que valiese, tenía que entrar en calor como fuese. Debí estar como 20 minutos bajo el agua caliente para entrar en calor. Me puse el pijama y a la cama.

Al día siguiente Ángeles me preguntó qué había pasado el día anterior. Que me había ido muy pronto y había vuelto muy tarde y empapado… le dije que nos había pillado la tormenta en la moto cuando estábamos en el campo, y puso cara de “me lo voy a creer porque no quiero saber nada más”. Llamé a Santi por teléfono y su madre me dijo que estaba con fiebre y malo. Estuvo 2 semanas sin salir por un gripazo de aupa. Yo me acatarré pero resistí, no sé como, pero no caí malo como él. Yoli, mi novia de entonces, me dijo que éramos idiotas y que nos podíamos haber matado. Noemi, la novia de Santi, dejó de hablarme ese verano hasta que volví de vacaciones de Foz (Lugo, Galicia).

Aquel verano, tuve tiempo de pensar. La semana posterior a las fiestas dos amigos, se mataron. Uno con su DR Big 50 y otro con su FDS. Aprendí que la aventura es la aventura y que aquella experiencia me serviría toda mi vida, para saber hasta dónde puedo llegar. También aprendí que debía de valorar más mi vida, y al menos no tomarme tan a la ligera la carretera, pues ésta, me había arrebatado a dos amigos del Araque. Miedo no tenía que tenerla, pero jamás la perdería el respeto. Me había enseñado lo cruel que podía ser y lo bonita que había sido por la mañana de aquel sábado.

Aprendí que siempre había que llevar un repara pinchazos (ahora ya no lo llevo, hay asistencia en carretera) y lo llevaba enganchado al chasis. Que siempre había que llevar un plástico o chubasquero, aunque estuviese medio roto, en la moto por si acaso en los meses de verano. Y por último aprendí que la vida está llena de posibilidades y de experiencias por vivir, pero hay que planificarlas un poco. Ahora entenderéis muchos, por qué cuando hay rutas como la de Guadalupe, a la que vamos anualmente, siempre me acuesto pronto y reviso y re-reviso la moto y el equipaje, y dejo que mi cuerpo descanse… se necesita para que en caso de urgencia, como me ocurrió ese día, responda como es debido.

Hasta la próxima.

Alexpc73. Vssss

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