Ese nudo en el estómago… ¿por qué?.

Creo que todos, si no me equivoco, tenemos un cariño especial por nuestras compañeras. Lo sé, son máquinas, y hacen su trabajo bien, o al menos es lo que queremos. Nos acompañan en momentos de disfrute, de compañerismo, en los que descubrimos paisajes espectaculares, compartimos risas, fotos, el viento en la cara, la velocidad, el movimiento armónico de las curvas -ahora a derechas, una marcha menos… otra… culete fuera, salida de la curva y otra más- y la sensación de libertad. Si, creo que es esa sensación la que se te mete en vena, y te posee, se apodera de ti.

Esa sensación, la de poder ir tranquilo en un tramo de curvas, disfrutando del aire, del paisaje, de los rayos de sol que van calentando la carretera y nuestro cuerpo, o apurando la entrada, tumbando y saliendo de la curva con rabia, haciendo que nuestro corazón lata con fuerza ante la emoción y el riesgo, y nuestros ojos se proyecten sobre la entrada de la siguiente curva…

14 años he estado sin poder disfrutar de esta clase de sensaciones. La verdad, lo echaba de menos y mucho. El proceso de desintoxicación había sido de golpe, y con 22 años tras una gripe provocada por ir en moto en pleno invierno con casi 10ºC bajo cero, volviendo del trabajo y con una niebla que limitaba la visión a unos escasos 10 metros, y claro, eso de llegar con escarcha en todo el cuerpo, sin poder pasar de 50 con más miedo que vergüenza… y fue una ruptura seca, severa. Vendí la moto y la cambié por un coche. Yo que era el 1º en criticar a los moteros que se volvían “enlatados”.

Tuvo que ser así, seca, de golpe, sin anestesia. Dejé de comprar las revistas que me proporcionaban actualidad, y conocimiento, así como el anhelo de muchas de las máquinas que se probaban en las revistas. Dejar de soñar con las curvas, con viajes, con todo lo que rodeaba al mundo motero. Pasar a ver los GGPP en la tele, y si no los veía, pues mejor, porque ojos que no ven, corazón que no padece. Y hasta cierto punto me resulto “fácil”, pero oír un 4 cilindros en la calle suponía girar inmediatamente la cabeza tratando de localizar e identificar la máquina de la cual provenía tan melódico y atrayente sonido. A lo lejos podía distinguir un 2 en V típico de las custom… y trataba de averiguar la marca de la moto.

Siempre, siempre con la moto en la cabeza. Si aquella maldita gripe que casi se convirtió en una neumonía hubiera sido menor, si no me hubiera afectado tanto y dejado en cama 5 semanas, con fiebres de 39 y muy muy jodido, creo que no hubiera vendido la moto en la vida y hubiera seguido con moto toda mi vida. Pero ocurrió y la larga, larga y tediosa travesía duró nada más y nada menos que desde 1996 hasta el 2010. La moto se vendió en esa época y se cambió por un Seat ibiza 1.2 de gasolina del cual guardo un grato recuerdo; pero nada más. En cambio con todas mis motos, tengo momentos, instantes fotográficos retenidos en mi memoria, únicos… experiencias de vida, me atrevería a decir.

En 2010, vendí mi último coche y me compré una pequeñaja de 250, para re-aprender, tras 14 años sin compañera; era necesario volver a acostumbrarse a sentir el viento en la cara, acostumbrar y fortalecer mi cuello ante la fuerza del dios eolo -magullado por un accidente de coche las vértebras 6 y 7- volver a sentir la velocidad en cada movimiento, la rapidez, la reacción inmediata, salir de la protección del carenado, sacar el cuerpo, inclinar, sentir de nuevo sensaciones en un torrente… sin parar… efímeras en duración individual y generosas en el tiempo que uno puede aguantar encima de la compañera, acoplándose a sus formas, a sus curvas, para formar un único ente, un sentir único… y disfrutar de cada grano de asfalto que forma que cada curva…

Y costó mucho. Re-aprender costó mucho, mucho; dolores de cuello y cabeza, porque mis vértebras tenían que soportar un elemento conocido, pero lejano, y no estaban acostumbradas a él. Mil trescientos y pico gramos de protección para la cabeza, ajeno a mis vértebras, que ahora tenían que sufrir y soportar ese peso, y además lidiar con el viento que lo sacudía. La sensibilidad se reducía en las extremidades superiores, ya que las muñecas se habían olvidado de lo que era cargar peso en ellas, lo que era hacer mover a la moto de un lado a otro, contramanillar… recuerdos vagos seguro que tenían, pero dolían. Y las posaderas se resentían y se quedaban “dormidas”.

Costó mucho volver a reacostumbrarse a ir “armado” encima de mi nueva compañera. Casco, sotocaso o Buff en verano y días de menos calor, guantes, cazadora con protecciones, espaldera, etc…. con lo simple que sería tener un coche, e ir con la ropa de casa, sin cambiarse, sin añadir ni quitar nada. Pero entonces ese torrente de sensaciones que vivimos, yendo tranquilo o machete en las curvas, con una deportiva, o con un simple scooter, desaparecerían de un plumazo. Aprendí a disfrutar de cada palmo de carretera que recorriese con mi moto años a, y eso, por suerte no tuve que re-aprenderlo. Surgía en mi, dentro del casco, la más amplia sonrisa cada vez que iniciaba la marcha, fuese sobre la moto que fuese. Que por cierto, siempre he dicho que una moto, es todo aquello que tenga 2 ruedas y motor. Algunos me llamarán hereje o sacrílego, pero así lo siento.

Llegaron las rutas y salidas en moto; volver a disfrutar de los paisajes que había vivido hacía 14 años. Descubrir nuevamente la misma carretera que incluso había hecho con el coche, de nuevo con la moto. Recordar que cada señal horizontal es una trampa para los moteros. Que cada bache o alcantarilla es una trampa más que nos encontramos. Que los coches no nos ven, o no quieren vernos. Que los guardarraíles son asesinos estáticos, quietos, expectantes ante su próxima víctima. Que el riesgo sigue, y seguirá existiendo, o incluso se podrá incrementar más aún.

Y entonces llega un día que la moto pasa por el taller, y te quedas sin ella unos días, y es cómo si te hubieran amputado un miembro. Notas que te falta algo. Tienes… ¿ansiedad? No sé cómo llamarlo, pero tienes un nudo en el estómago. Y cuando recoges a tu compañera, tus miedos, tu ansiedad, todo, todo se disipa como el humo ante la máquina que te lleva de nuevo a un destino aún sin confirmar. Y la historia se repite cada vez que entra en el taller. Ese maldito nudo en el estómago. Ese vacío. Lo describiría, haciendo una analogía, al mono que puede sentir un drogadicto ante la falta de su dosis, pero sin la violencia y sin la decadencia humana que presenta esa situación.

Hoy llevo 4 semanas sin mi compañera habitual, porque está en reparación. Y aunque me han dejado un scooter a modo de vehículo de sustitución -y no sabe nadie cuánto lo agradezco- echo de menos a MI COMPAÑERA. No soy un desagradecido con la montura que me sirve ahora, pero no es mi compañera. Imagino por un instante la sensación de robo o pérdida total de mi compañera y un vértigo me recorre todo el cuerpo. Ansío cada instante una llamada del taller, diciendo que las piezas han llegado, y que la moto esta lista para acompañarme muchos kilómetros más.

Quizá los moteros, tengamos un apego o una sensibilidad especial para con nuestras máquinas, que al final, se convierten en algo más que eso, pasan de ser simples máquinas a convertirse en algo propio, en algo nuestro. De ahí que se diga: “Solo otro motero comprende mi locura”.

Un consejo: Valorad bien lo que tenéis, porque es cuando lo perdéis cuando realmente uno se da cuenta del valor que tenía.

Alexpc73
V’ss

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